Dejación de funciones

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Permitidme un offtopic, un artículo que invita a la reflexión visto en la web del IES Santa María de los Baños. (Vía Aulablog 21)

Lo que necesitan nuestros alumnos no se puede comprar ni suplir con ordenadores.

PEDRO L. ANGOSTO
El informe sobre la situación de la enseñanza elaborado a instancias de profesores y maestros, culpa casi exclusivamente a los padres del fracaso escolar. También a la falta de medios. Maestros y profesores quedan exonerados de cualquier responsabilidad. Resulta difícil encarar un problema tan peliagudo como éste, algo parecido a intentar cortar el tallo de un cardo borriquero con las manos o arrancar sin protección un higo de una chumbera. Afortunadamente para unos, desgraciadamente para otros, la vida que hemos construido en el mundo occidental obliga a los padres a trabajar fuera y permanecer buena parte del día alejados del hogar. La enorme cantidad de cosas que hay que comprar -unas necesarias, la mayoría no-, la búsqueda de una comodidad ficticia que se basa la consecución de aparatos y sillones termodinámicos de alta precisión que hagan el lar deshabitado más confortable para los espíritus que lo habitan, el pago de unos gastos corrientes cada vez más elevados, la aspiración a vivir como nuevos ricos, han terminado por vaciar las casas y dejar en ellas como únicos moradores a fantasmas, niños y adolescentes.
La ausencia de los padres, sin duda obligatoria en muchos casos, está creando una situación verdaderamente preocupante para la crianza de los hijos. No quiero con estas letras reivindicar ningún tiempo pasado, pero sí llamar la atención sobre un punto que me parece hay que abordar con prontitud y urgencia: el desarraigo, la desestructuración y la pérdida de referencias de aquellos que han venido al mundo por decisión nuestra: comienza la jornada. Seis treinta de la madrugada. Esfuerzo, pereza, cansancio. Desayuno rápido. Nota a los niños, con encargo al mayor. Comida en el frigorífico, unos euros en un cenicero. Portazo. Prisas. Coche. Atasco. Trabajo. Minutos más tarde el despertador golpea los oídos de los chicos que apuran hasta el final en la cama. Leche y bollo. Reparto de euros. Uno se queda en el comedor, el otro vuelve a casa a las tres. Estudia en el Instituto. Regresa. Come del microondas. Se acuesta en el sofá. Enchufa la tele, hace zapin: da igual, ponen lo mismo en todas. Permanece un buen rato recostado. A las cinco treinta se incorpora el hermano. Llega la hora de la «Pley». Horas con ella, queridos por ella. Va cayendo la tarde, diluyéndose en lo negro. Algún amigo toca el timbre, la ciudad comienza a tintinear, las calles se llenan de personas deseosas de regresar al hogar. En torno a las veintiuna horas llegan los progenitores, cansados, con pocas ganas de hablar. Si hay dinero para asistente, todavía quedará algún rescoldo de orden en las cosas, la cena y la comida del día siguiente estarán en su sitio; en caso contrario, es preciso encender los fogones y coger la escoba. Los chicos, si han querido, han hecho los deberes. Llega la cena. Preguntas, requisitorias, reproches, poco diálogo, a veces ninguno, en algún caso fluidez. Se cena rápido. Vuelve a reinar la televisión. Al día siguiente, monotonía de lluvia tras los cristales, rutina. Ha pasado algún año, el padre anuncia que se van a trasladar a una casa más grande en un sitio de más relumbre. Reniegan los descendientes que tienen en ese barrio amistades. La hipoteca obligará a nuevos esfuerzos, aunque no impedirá que, entre tanto, renueven el coche: ha salido un modelo con unas fantásticas prestaciones. El fin de semana, alguna excursión, comida en restaurante, depende de quién y cómo, de los posibles. Se quiere recuperar el déficit de afecto, muchas veces con dinero, pero el tiempo ha construido muros infranqueables. Los padres se destrozan para que no baje la demanda interna del país, para conseguir el estatus que da el dinero. Los hijos crecen solos, con su tele, su «pley», su ordenador y su barrio. Los profesores protestan porque vienen de casa sin educar; otros añoran los tiempos del ordeno y mando, de la disciplina, de la letra con sangre entra, supongo los menos. Los padres exigen a los maestros que eduquen a sus hijos, aunque cuidado con mi Jaume que es un cielo, que el sistema educativo les sustituya en sus obligaciones irrenunciables de educadores en primer grado. Los profesores, muchos de ellos, van cayendo en la abulia, en la queja fácil. Los chavales salen como Dios quiere, unos estudian, van tirando para adelante sin saber cómo, otros a trancas y barrancas, otros, impelidos por el fracaso académico, por la vida tremenda que corre por sus venas, por la falta de atención y afecto verdadero de sus padres, por la ausencia de referencias, por la incomprensión del profesor que ya le ha puesto un cartel, se decantan por la senda sin retorno que lleva a ninguna parte. Cada vez son más. Buscarán el triunfo en aquellos menesteres en los que son hábiles, despreciando cuanto venga de su casa, cuanto derive de la escuela o el instituto, sus verdaderas fuentes de tortura, de infelicidad.

Sea como sea, y estoy convencido de que esta afirmación va a ser muy criticada, alguien tiene que estar en casa un tiempo considerable con quienes ha traído a este mundo, escucharlos y besarlos, corregirlos y enmendarlos cuando sea necesario, es, como se ha dicho antes, una obligación ineludible. Luego sí, un sistema educativo público con todos los medios humanos y materiales que sean precisos.
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